Democracia y consulta (I)

DEMOCRACIA Y CONSULTA (I)

Los aspectos democráticos

Paco Garmendia

En el debate actual sobre la consulta propuesta por el Gobierno de Euskadi para el 25/10/08 conviene distinguir entre las cuestiones básicas que afectan a la concepción de la democracia, de un lado, y la forma en la que se plantea en este caso, del otro. Ambos están relacionados, pero no son lo mismo.

Lo peor del actual debate radica, desde mi percepción, en que el juego de intereses encontrados -no necesariamente democráticos- en torno al momento coyuntural, está afectando negativamente a principios fundamentales para la consolidación del proceso democrático vasco y español.

Para actuar democráticamente no bastan las intenciones, ni las declaraciones avaladas con papeles. La democracia es proceso práctico, en el que se conjugan modos de sentir, pensar y comportarse en la complicada tarea de combinar libertad y comunidad. Y como tal proceso, la democracia es una realidad abierta, que puede empeorar o mejorar.

Las consultas pueden ayudar a mejorar la democracia, pero no bastan para garantizarla. Obstruir por principio el ejercicio de la consulta es, en cualquier caso, entorpecer la democracia, aunque se utilicen medios legales para ello. Y el solo hecho de oponerse a esas leyes obstruccionistas tampoco garantiza las bases democráticas de otros procesos de consulta política a la sociedad.

La calidad democrática de un sistema político y del conjunto de sus instituciones se mide en el grado de protagonismo que ejercen los vecinos y ciudadanos concretos afectados al definir los problemas y su relevancia, al deliberar sobre ellos y decidir el modo de afrontarlos, así como al ejecutar y evaluar las políticas acordadas.

La puerta de la libertad democrática se abre respetando que todo ciudadano sea libre de hacer preguntas y plantearlas públicamente, en igualdad de condiciones con todos los demás. No basta con la libertad de responder, que es reconocida incluso por fascistas que determinan al dictat las preguntas en plebiscitos manifiestamente antidemocráticos. Reducir la libertad democrática a la libertad de respuesta es hacer de las personas animales, que también son capaces de responder.

Sin embargo, estos fundamentos elementales de la dimensión consultiva de la democracia, apenas tienen eco en el debate actual sobre la consulta que nos ocupa. En lugar de recurrir a las claves genuinamente democráticas al valorar las posiciones naturalmente contradictorias sobre los problemas que nos inquietan, asistimos a la recuperación de puntos de vista más propios de la tradición fascista o leninista.

La obsesión de que la sociedad vasca no sea consultada es lo que prima en algunas posiciones que no dudan en recurrir a cualquier medio para defender su propósito. A modo de ejemplo: en relación a la “consulta” propuesta por el Gobierno Vasco, el Lehendakari Ibarretxe era insistentemente cuestionado en El País del 8/6/2008 por su entrevistador, quien como último argumento le preguntaba “Pero ¿en qué texto legal se permite?”. Es triste tener que constatar que el delegado de El País en Euskadi reproduzca en su pregunta el pensamiento propio de las dictaduras, según el cual todo lo que no está expresamente reconocido debe considerarse como no permitido.

El hecho de que socialmente se haya planteado la viabilidad – inviabilidad de la “consulta” en términos de “papeleo legal” ha hecho que el problema de fondo haya quedado diluido y se haya desenfocado. Ante una estrategia obstruccionista de “impedir” legalmente algo que no está positivamente permitido, el Gobierno Vasco se ha visto obligado –reactivamente- a diseñar una estrategia jurídica que blinde la posibilidad de consulta con una ley que la decreta en tales términos que solamente caben dos preguntas que formula el propio Gobierno.

Es una situación absurda desde un punto de vista democrático, si nos fijamos en las variadas experiencias de consulta vigentes en países de solera participativa. Es por ello importante que no quedemos atrapados en esta espiral de acción-reacción y aspiremos a desarrollar procedimientos de participación consultiva directa que permitan a los ciudadanos formular preguntas, avalándolas con las garantías que se establezcan.

La refutación del derecho a la libertad de preguntar, alegando que determinadas preguntas dividen a la sociedad, equivale a impedir el ejercicio de la libertad en nombre de la unidad. En las mejores experiencias democráticas del mundo suele plantearse la convivencia más en términos de unión, que bajo el concepto de unidad. La unidad de pregunta equivale a excluir otros modos de plantear la convivencia. La unidad (de pensamiento, de sentimiento o de acción) fácilmente se traduce en coacción. La unión se basa en la adhesión voluntaria de mutua dependencia, conquistada por concurso contradictorio que busca solidaridades en beneficio mutuo. La unión es cosa de personas que preguntan y admiten las preguntas de otras personas, confrontándolas en debate y decidiendo sobre ellas por procedimientos siempre perfectibles, pero comúnmente aceptados.

La consulta es una herramienta para conocer el estado de la opinión sobre cuestiones que pueden interesar desigualmente al Gobierno o a la oposición, a unos sectores de la sociedad o a otros. Pero es una herramienta saludable para conocer incluso el grado de nuestras divisiones y antagonismos que, quizás, una vez formalizados, no resulten ser tan graves. Al igual que es sana para la democracia la existencia de los Partidos, que son “parte” y, como tales, expresan la diversidad social.

Lo escrito hasta ahora podrá parecer a algunos, en la vorágine actual de contra o a favor de la consulta planteada por el Gobierno Vasco, una digresión intelectual poco útil. Pero quienes queremos ejercer como vascos libres en un pueblo libre federalmente solidario con los pueblos de Iberia y de toda Europa, debemos cuidarnos muy mucho de conformar nuestra estrategia desde la pura negación de quienes se oponen a nuestra pretensión.